9 de enero de 2014

BAJANDO DE SANTA MARIA DE TRASSIERRA


La carretera me precipita sobre la ciudad inadvertido.
La encina se sabe eterna, pero su sombra morirá con esa nube.
Un galgo escuálido husmea entre basura. Sardinas y mondas de patata.
Flores en una curva -derrapó una vida bajo el Castillo de la Albaida.-
En los establos, los caballos sueñan manantiales de sal,
galopadas entre dientes de león.
En el matadero abandonado, fósiles de sangre negra y óxido.
La sangre huele. La sangre duele.
Perros que aúllan en una nave. No ladran fonemas ni vocablos útiles.
Nadie repara en la virtud del trigo junto a los arrabales.
Sólo la tórtola es suicida en sus baños de átomos de sol.
La carretera me precipita sobre la ciudad inadvertido.
No soy yo el de este viaje. Es otro.
Necesito un punto de fuga hacia el horizonte.
Otro. Que apenas consigue arrancar del paisaje su signo.