24 de noviembre de 2013

CASA CERRADA



Aquella luz horizontal
que desde el alféizar de la cocina
se derramaba hacia el fregadero,
sobre los blancos azulejos y las tijeras de pescado.
Aquella luz naranja que acariciaba
el pesado volumen del armario
en la habitación de nuestros padres.
Aquella luz que alargándose por el suelo del pasillo,
cuando nos lavábamos la cara,
señalaba el camino interior, cada día.
Aquella luz, hermana, aún nos recuerda.
Sabe que allí fuimos una familia,
unos padres construyendo algo,
unos hijos asombrados del mundo,
unos recuerdos asentándose.
Sí, una familia.
Hoy, aquella luz, se cuela entre agujeros de persianas,
recorre la casa en haces declinantes,
motas de polvo y alas de mosca.
Hoy, aquella luz, se orienta por el suelo, repite su recorrido,
su rutina de invierno, sus correcciones tras el equinoccio.
Recuerda que allí fuimos una familia
y nos echa en falta, en la casa abandonada.
Ya no alcanza a tocar tu pie de niña en el pasillo,
a templar mi torso desnudo
sobre el que me abotonaba una camisa,
a iluminar -como en una película-
un beso furtivo de nuestros padres.
Recuerda aquella luz, cuando nos abrazaba,
al doblar la esquina hacia el colegio,
los dos hermanos juntos, asombrados de tanta luz,
caminando por la acera dorada de aquel año.