3 de febrero de 2015

LA GAMA

Al anochecer, ante un sendero, un arroyo,
nos detuvimos, yo nervioso y desanimado
por el sufrimiento de alguien a quien amaba,
la gama con su eterna alarma incipiente.

Nada se movía, sólo su oreja rotante,
el tinte rojo del sol brillaba alrededor
tomando un color que sólo he visto
en la foto de un niño en una matriz.

Nada más se removía, ni una hoja,
ni el aire, pero se asustó y salió disparada
de mi lado hacia el crepitante matorral.

La porción de angustia que a veces
me libera huyó con ella, el resto,
en la inclinación de la última luz, se asentó.


                                  

                              (De El Canto, C.K. Williams)














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