15 de octubre de 2013

MANOS CIEGAS

En el olivar, en el pantano, en un accidente de tráfico. El juez, desde que presenciara su primer levantamiento de cadáver, había adquirido una manía: lavarse las manos de inmediato. Nunca tocaba al cadáver, pero en cuanto estaba de vuelta en casa o en el juzgado, corría a lavarse las manos. Se las lavaba con insistencia, enjabonando repetidamente entre los dedos, la palma, el dorso y las muñecas, como si él mismo hubiera realizado la autopsia sin guantes de látex. Ayer dictó sentencia sobre un caso en que la ley no ofrece dudas. Sencillo. Pura rutina. Impago de deuda hipotecaria durante los diez meses anteriores a la vista. El juez repasó el expediente. La defensa recurría a un tono melodramático para ablandar al juez, sabiendo que la ley no le era favorable. “Un matrimonio joven con dos hijos pequeños” El magistrado apenas dudó. Ejecución de embargo y lanzamiento. Dejó la sentencia sobre la mesa de la secretaria, y corrió a lavarse las manos.

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