2 de agosto de 2013

TCHAIKOVSKY ES DIOS

Vivo en un cuarto sin ventanas en el que no suceden estaciones ni épocas. Ni siquiera el invierno con su frío y sus humedades. Tan sólo una gota de condensación del aliento de María resbala a veces por el espejo, impregnando el aire de ese olor a fresa que tanto me gusta. Paso la mayor parte de mi vida acostada en un lecho de madera, bajo el que se ocultan el cilindro y el peine metálico. Me encanta bailar. Se diría que fui hecha para el baile. Jamás me quito mi vestido de seda, porque hay que estar preparada en todo momento. Es mi vida. No me quejo. No conocí madre, padre, ni semejante. Tan sólo el rostro enorme de María, mi niña, con sus ojos zarcos como las enormes cuentas de bisuteria que me hacen compañía.
Las jornadas ocurren para mí como una sensación de sonidos apagados. Un repique de campanas, el motor de un automóvil, algún grito, pasos, toses, ladridos, y horadando esos ecos, la risa atronadora de María, cuando juega con su hermano, al que sólo vi en una ocasión. Aquí son pocas las veces en que se hace de día y cuando ocurre es inesperado y violento. Un fucilazo. Un golpe de luz repentino. Pero es mi momento de gloria. Todo ocurre entonces muy deprisa. Como un resorte me incorporo en posición de arabesco y el cilindro comienza a girar pulsando las púas del peine. Suena el Vals de la Bella Durmiente y sin darme cuenta ya estoy girando, y girando, y girando.



Publicado en "El cuarto oscuro" VVAA. Asociación Mucho Cuento. Córdoba 2010.

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