2 de agosto de 2013

LAS PAREDES HABLAN

Balbina no es una anciana ciega ni sorda. Aunque a veces lo parezca. Le preocupa el qué dirán. Pasa la mayor parte del día en la portería, un cuartucho oscuro presidido por la foto de su boda. Devana las horas tejiendo mantelitos de croché y escuchando la radio. A veces oye rumores. No acierta a saber si son vecinas cuchicheando o ánimas del purgatorio lamiendo esquinas. Balbina vive con su hijo, en un piso de la primera planta. Él es maestro en un colegio de las afueras y por las tardes imparte clases particulares en el piso. Balbina no es ciega ni sorda, aunque a veces lo parezca.
Como cada tarde, Balbina sube a su cocina para preparar café con leche. Apenas asomándose a la puerta de la salita, pregunta:
- Joaquín, hijo, ¿quieres café?
- No, mamá, no. Ahora márchate- responde él, airado, ante la inesperada aparición de su madre en mitad de la lección sobre el cuerpo humano.
Ella se consuela aspirando el aroma del café molido del interior del tarro de cristal. Una lágrima cae formando un pequeño cráter en el polvo marrón. Balbina cierra el bote, lo agita y el cráter desaparece. Café de lágrima, se le ocurre. De vuelta a la penumbra de la portería enciende la radio. Suena un cuplé. Le trae recuerdos de su infancia. Pero las extrañas voces claman: ¡Culpable! ¡Culpable! Los alumnos de Joaquín bajan las escaleras ruidosamente. Balbina escucha su conversación cuando cruzan el portal.
-Elena, vaya manía que te tiene el profesor.- dice el primero del grupo.
-Es verdad, siempre te toca a ti.- dice el último.
A Balbina se le hiela la sangre. Una ráfaga de viento cierra la puerta tras los niños. Serán cosas mías, murmura intranquila. La anciana coge un viejo periódico del cajón de la cómoda. Para distraerse, pretende leer antiguas noticias, el horóscopo o el santoral del día. Adalberto Nierychlewski, Antonio de Stroncónio, Guillermo Saultemouche, Juan de Triora Lantrua, Lorenzo de Siponte. Aturdida, casi mareada, en sus pensamientos morbosos imagina un titular aún no escrito. Pederasta detenido en la puerta del colegio donde trabajaba. Balbina se arranca los ojos, dejándolos encima del viejo diario. Ahora las ánimas tendrán algo de que hablar en el purgatorio. 


                                                                                                       

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