2 de agosto de 2013

DONDE LA CIUDAD PARECE UN JUGUETE

Un niño recorre las afueras, buscando a su viejo perro, que escapó el día anterior. Camina por la alta hierba donde solían jugar juntos, entre la ronda de circunvalación y la incineradora. Al chico le gusta ir allí cuando su madre se marcha a la academia de peluquería. Es una tarde de mayo de luz amarilla y moscas. El niño se ha sentado sobre un cuadrado de hormigón, junto a una obra que guarda un borracho. Está mirando al horizonte sobre las casas en miniatura. No ve las nubes pasar. No ve los aviones de juguete que aterrizan a siete kilómetros de allí. No ve nada. Un cortocircuito en su mente. Un círculo negro en mitad de sus ojos. Su perro acostado en el fondo de una zanja, junto al recinto vallado. El niño está construyendo su duelo. Nadie está junto a él. Nadie puede apreciar que se enfrenta por primera vez a la muerte. Ni siquiera el guarda borracho aparecerá por allí. Esta vez no meterá las narices. No dejan de pasar coches por la autovía. Algunos ya han encendido sus luces. Por la perspectiva forman una línea roja hipnótica. Cuando todo esté oscuro será un río de sangre luminosa. Al chico le esperan beso y sopa humeantes. Continúa inmóvil. Aún no es capaz de regresar hasta su puerta.





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