4 de abril de 2015

VELAS

Paso delante del piso
donde viví cinco años.
Niños a la salida del colegio.
Las luces del salón encendidas. Alguien vive
ahora ahí arriba, alguien respira el aire
que ya no nos pertenece. Se oye
música de fondo, quizás jazz.


Aún conozco al detalle cada cuarto,
cada sonido, lo que se siente al estar dentro
y mirar hacia la calle.
Mi hija sopla las velas,
mi padre sonríe por última vez:
aún respira, hasta que las cortinas,
para siempre se cierran.



                                                Del libro Aprendiz, Antonio Luís Ginés


8 de marzo de 2015

Y YA LA MUERTE NO TENDRÁ DOMINIO

Y ya la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno solo
con el hombre al viento y la luna del Oeste;
cuando los huesos estén mondos y los huesos mondos des-
    aparezcan
tendrán estrellas al alcance de pies y manos;
aunque se vuelvan locos, estarán cuerdos,
aunque se hundan en el mar, surgirán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan, el amor, no;
y ya la muerte no tendrá dominio.

Y ya la muerte no tendrá dominio.
Bajo los recovecos del mar
los ya desaparecidos no morirán al viento;
retorcidos en la tortura, los nervios ceden,
atados a la rueda, no se romperán empero;
la fe en sus manos se disparará en dos,
y los males del unicornio les recorrerán;
descuartizados, no se quebrarán;
y ya la muerte no tendrá dominio.

Y ya la muerte no tendrá dominio.
Ya no gritarán las grullas en sus oídos,
ni estallarán rugientes las olas en los acantilados;
donde se aleteaba una flor, puede que ya nunca
levante su corola a los soplos de la lluvia;
locos y secos como clavos inertes;
cabezas de personas martillean a través de las margaritas,
solázate al sol, antes de que el sol se oculte.
Y ya la muerte no tendrá dominio.






                   Dylan Thomas. Traducción de Margarita Ardanaz Morán.






24 de febrero de 2015

CLARO EN LA LUZ DE SEPTIEMBRE


Un hombre está de pie bajo un árbol, observando una pequeña casa que no está lejos. Mueve los brazos como si fuera un pájaro, tal vez haciéndole señales a alguien que no podemos ver. Podría estar gritando, pero dado que no oímos nada, probablemente no. Ahora el viento emite un temblor a través del árbol y aplasta la hierba. El hombre cae de rodillas y golpea el suelo con los puños. Llega un perro y se sienta junto a él, y el hombre se pone de pie, agitando una vez más los brazos. Lo que hace no tiene nada que ver conmigo. Su desesperación no es mi desesperación. Yo no me pongo de pie bajo los árboles a mirar pequeñas casas. Yo no tengo perro.
 
 
 
 
                                       (De Casi invisible, Mark Strand. Traducción de Julio Trujillo)
 
 
 
 
 

17 de febrero de 2015

FRAGMENTO DE LOS OFICIOS DEL SUEÑO

Se bañaba el muchacho, y en su pecho, de abiertas extensiones musculares, brillaba el dibujo del árbol de la vida. De repente, un gorrión inició amoroso el tatuaje de su nido en aquel mismo pecho; y él, para preservarlo, abandonando el mar se cubrió con una suave camisa de colores.




                                                         (Fragmento de Los oficios del sueño, Rafael Pérez Estrada)

11 de febrero de 2015

UN TRABAJO FRUCTÍFERO

 

Donde hoy se encuentra la Cámara de los trabajadores y de los empleados, estaba la oficina de Eichmann, desde la que dirigía el iter burocrático para la aplicación del programa racial del Tercer Reich. En el proceso, Eichmann recordó su actividad en Viena como "la más feliz y más rica en exitos de mi vida". Evidentemente ese trabajo no debía ocasionarle demasiadas preocupaciones en una ciudad que Grillparzer, el poeta nacional austríaco, había definido en el siglo XIX como la "Capua de los espíritus" y que siempre ha sido maestra en el arte del autoengaño. En el referéndum, por supuesto formal, que se celebró en 1938 después del Anschluss, sólo mil novecientos cincuenta y tres vieneses -recuerda Christian Reder en la mencionada guía alternativa- votaron contra la anexión al Tercer Reich, aunque en aquel año hubo mil trescientos cincuenta y ocho suicidios, respecto a los cuatrocientos de la habitual media anual.
 
 
 
 
 
                                                                                (De El Danubio, Claudio Magris)




3 de febrero de 2015

LA GAMA

Al anochecer, ante un sendero, un arroyo,
nos detuvimos, yo nervioso y desanimado
por el sufrimiento de alguien a quien amaba,
la gama con su eterna alarma incipiente.

Nada se movía, sólo su oreja rotante,
el tinte rojo del sol brillaba alrededor
tomando un color que sólo he visto
en la foto de un niño en una matriz.

Nada más se removía, ni una hoja,
ni el aire, pero se asustó y salió disparada
de mi lado hacia el crepitante matorral.

La porción de angustia que a veces
me libera huyó con ella, el resto,
en la inclinación de la última luz, se asentó.


                                  

                              (De El Canto, C.K. Williams)














26 de enero de 2015

FINALES DE ENERO



Enero es así. Con días como éste da gloria. Está todo tan limpio, tan lavado el aire, tan recién  vestidas tierras y sierras, todo estrenándose. La tierra estrenándose. No hay apenas planta de hombre, huella de animal; sólo, aquí y allá, aparece el aire turbado por la candela de algún talador o aceitunería. Ni apenas pájaros. Alguna avefría silenciosa, alguna primilla a lo suyo, dos lentos grajos. Todo se está quieto. Los caminos perdidos con las lluvias últimas y el agua derramándose sin uso y sin tasa, por zanjas y regueras, hace más solo el campo con su rumor. Bella, mineral y fría. Contra el verde tierno del vallado, contra el verde duro y eterno de los olivos, los árboles que perdieron las hojas, hacen como un humo vagoroso. Y donde hay un almendro, hay un poquito de luz que es un temblor. ¿Un temblor? ¿Una música? El aire está delicado alrededor del almendro. Dentro de unos días, cuando menos se espere, temblará. Ahora abriga la sierra unos colores increíbles, hondos, morados, verdes, un vaho de ternura que la ciñe. Ya estarán a punto los primeros lirios entre las grietas de roca con tierra mullida, los primeros narcisos silvestres con su enorme olor.


                                                   (de Las cosas del campo, José Antonio Muñoz Rojas)